


BOBBY LOGAN. MIGUEL ÁNGEL OESTE.
Una playa cualquiera de Málaga a principios de los difusos años noventa (o mejor dicho, en algún punto incierto de la memoria). Un grupo de muchachos vive mirando hacia el mar, a la espera de coronar con sus tablas esa gran ola que por algún motivo nunca termina de llegar.
Estamos, pues, ante una novela no sólo primeriza sino también iniciática: la adolescencia queda atrás, se esfuman los últimos gramos de inocencia y la vida, la de verdad, se abre bajo los pies de los protagonistas como un abismo de incertidumbre. Y ellos, díscolos, inconscientes, ¿asustados?, se aferran a un presente continuo, como si el mañana no existiese, como si cada salida nocturna, cada pelea con la banda rival, cada conquista sexual, fuera la última.
Pero “Bobby Logan” es mucho más: es una novela atmosférica, ambiental, tejida a retazos más que construida sobre una trama, y en la que el narrador se diluye voluntariamente en una especie de personaje coral, integrado por la pandilla de jóvenes surferos. Ellos son quienes dotan de continuidad y estructura a la historia, y quienes le insuflan un alma muy particular. Cada capítulo funciona como relato independiente y está centrado en unos de estos chicos con apodos imposibles, héroes perdedores, o perdedores heroicos, que rehúyen el futuro deambulando sin rumbo por una realidad siempre tan soleada como estéril. Porque nunca tiene un duro en el bolsillo, y sus padres son borrachos violentos, y sus madres son ninfas drogadictas. Y lo peor de todo: porque ni siquiera son capaces de mantenerse leales los unos con los otros.
Pero en medio de esa desidia casi suicida, pese a la sordidez moral que les rodea, también logran resultar justos, tiernos, humanos, incluso brillantes, siempre a su manera, evidentemente, sin dejar de ser lo que son: unos niños ya derrotados antes de que empiece la partida. “El psiquiatra es como el peluquero de la cabeza, que te acaba haciendo lo que a él le da la gana”, viene a decir uno de ellos, ofreciéndonos una perla de sabiduría con genuino sabor sureño.
Estilísticamente, la prosa del autor deja asimismo una impronta muy personal: una suerte de realismo sucio con destellos puntuales de lirismo, todo ello en un equilibrio muy preciso.
En cualquier caso, el gran acierto de este libro consiste en cuestionar aquello de que la felicidad se conjuga necesariamente en pasado, cuando los recuerdos se endulzan y la nostalgia nos convence de lo bonito que fue el ayer. “Bobby Logan” demuestra lo contrario: el ayer fue tan crudo como el hoy, y aun así la vida sigue.
Por otra parte, para alguien como yo, coetáneo del autor y criado en Málaga, muy cerca de Pedregalejo, es difícil valorar este libro con un mínimo de objetividad. Pulsa demasiados resortes, evoca con demasiada potencia. Así que sólo añadir que espero con impaciencia la segunda obra de Miguel Ángel Oeste.
Por cierto, la mítica discoteca “Bobby Logan” a la que alude el título es, desde hace muchos años, un edificio abandonado y ruinoso…
DC
Zut ediciones, 2012, 185 páginas, 16.50 euros.